1 Pueblo de Dios

FUNDAMENTACIÓN BÍBLICA DE LA MORAL SOCIAL.

Hola a todos. Vamos a analizar algunos aspectos de la Moral Social en la Sagrada Escritura. Como pueden comprender este es un tema enorme, del cual sólo tomaremos ciertos puntos. El resto, ustedes lo pueden completar con otros libros, artículos y conferencias bíblicas. Como corresponde, empezaremos analizando lo social en el Antiguo Testamento. Comencemos.
LO SOCIAL EN EL ANTIGUO TESTAMENTO. Justicia y distribución de bienes. Logros y fracasos. Debemos señalar que el proyecto divino sobre el Pueblo elegido era que fuese un pueblo igualitario y fraterno. Esto se manifiesta desde los orígenes de su sedentarización donde se señala que la tierra es un regalo de Dios, la cual se entrega a todo el pueblo de forma global, para luego ser repartida entre las diversas tribus (Cf. Jos 13, 6-7). Ustedes saben, que al escribir esto siempre me quedaba sin resolver la cuestión de los derechos de los antiguos pobladores de esa tierra que fueron violentamente combatidos por los judíos. Pero una clave a tener en cuenta es que el libro de Josué no es un relato estrictamente histórico (¡gracias a Dios!), por ende difícilmente se hayan dado los combates que se describen. Por tanto, lo que en primer lugar se quiere resaltar, es que si se es fiel a Dios, Él dará los bienes necesarios con relativa facilidad. Esto dicho dentro un contexto cultural que es bien diverso del nuestro. Y un segundo elemento, notemos que el Pueblo de Dios, de alguna manera volvió a una tierra que en parte era suya. La primera posesión sobre aquel trozo de tierra, la pagó un antepasado. ¿Quien? Nada menos que el patriarca Abrahán. Lo hizo para poder enterrar a su esposa. Enterrar a alguien, en esa época y lugar, aunque les parezca raro, daba derecho de ciudadanía. Sepultar a alguien te hacía titular de una tierra y por ende, ciudadano. Incluso, Abraham debió pagar una suma considerable: 400 siclos de plata (Cf. Gn 23). Más allá de lo estrictamente histórico de estos relatos, cosa que está en discusión, si lo quieren ver así, ese fue uno de los argumentos para tener derecho a esa tierra. Sea como sea, a la vuelta de Egipto, se reparte a cada familia una parcela de tierra para que pueda trabajar con honradez y vivir dignamente. En la propiedad doméstica se encontraba frecuentemente la tumba de la familia (Cf. Jos 24, 29-33). La propiedad se limitaba con mojones que la ley prohibía cambiar de lugar (Cf. Dt 19,14). Este tipo de distribución de tierras buscaba que los vínculos familiares se estrecharan, porque uno estaba ligado con los otros en la parcela que se había recibido de los padres.
2 Pueblo feliz

De la sucesión familiar tenemos algunos datos: en los tiempos más antiguos, la tierra no se repartía con los otros bienes, sino que se dejaba al hijo primogénito, para que permaneciese indivisa. Cuando no había hijos varones, la tierra pasaba a las hijas (Cf. Nm 27,7-9), pero con la obligación de que se casaran dentro de la misma tribu (Cf. Nm 36,6-9). En el caso de que el propietario muriera sin hijos, la tierra pasaba a sus hermanos o parientes más próximos (Cf. Nm 27,10-11). Como vemos, es claro que la legislación buscaba que la propiedad quedara dentro de la familia, reconociendo un claro derecho sucesorio. Con esta serie de normas, propias de esa época, se trataba de proponer un ideal social del Pueblo de Dios: que cada familia tuviera su tierra y que disfrutara de ella pacíficamente, buscando que los bienes paternos no fuesen vendidos o, por lo menos, que no saliesen de la tribu. Este primer reparto llevó a que en los primeros tiempos de la sedentarización, hubiera una población bastante homogénea en lo económico. Esta igualdad de base no obstaculizaba que algunos multiplicaran lícitamente su patrimonio (Cf. 1 Sam 25,2-3). Por ejemplo, porque trabajaban más, ahorraban en mayor medida, buscaban mejorar su producción, etc.
Había ocasiones en que la pobreza o las deudas podían obligar a una persona a vender su patrimonio. Era una de las circunstancias más dolorosas a las que tuviera que enfrentarse un miembro del Pueblo elegido. Por ello, la ley establecía el deber del GO’EL, es decir, del rescatador (Cf. Lev. 25, 25). Éste compraba la tierra que su pariente próximo se vio obligado a vender. Tenemos los ejemplos de Jeremías comprando el campo de su primo Hanameel (Cf. Jer 32,6-9); y de Booz comprando la tierra de Elimélec (Cf. Rut 4, 3-4).

Aunque no se trataba estrictamente de restituir el bien al que lo perdió, esta ley garantizaba la permanencia de la propiedad en la misma tribu.
La situación de relativa igualdad se ejemplifica en el origen de los primeros reyes de Israel: Saúl y David. Ambos proceden de familias con una economía afianzada, pero sujetas al trabajo rural. Por ejemplo, Saúl es descrito como miembro de una familia de buena posición que realizaba tareas rurales, de este modo va a buscar unas asnas perdidas junto con sus criados (Cf. 1 Sam 9,1-4). También aparece cultivando por sí mismo el campo (Cf. 1 Sam 11,5). David pertenecía a una familia con patrimonio pero más modesta que la de Saúl. Su actividad ordinaria era pastorear el rebaño de su familia (Cf. 1 Sam 16,1; 17,20).
Ahora bien, puede señalarse que la misma institución de la monarquía que comenzó con Saúl, fue estableciendo una progresiva desigualdad social. Incluso con David comienzan a darse los reyes ciertos gustos faraónicos. Notemos que los pueblos vecinos de Israel tenían una forma de tenencia de la propiedad que propiciaba la acumulación de bienes en manos del rey, los cortesanos de mayor jerarquía, los militares y los grandes comerciantes. Como ven esto no ha cambiado demasiado, aunque se modifiquen algunos oficios. También es cierto, que habitualmente lo malo se pega pronto.
Esta modalidad de propiedad era mucho más radicalizada en Egipto donde toda la tierra pertenecía al faraón o a los templos (Cf. Gn 47, 20-26). El faraón poseía, por tanto, bienes de forma desorbitante.
Salvo excepciones, el poder busca privilegios. De modo que los reyes después de Salomón agudizaron la desigualdad social. Esta se deba, en parte, porque las instituciones monárquicas habían hecho surgir una clase de funcionarios que abusaban de su administración y de los favores del rey.

Si seguimos la historia vemos que había un crecimiento de las necesidades populares debido al proceso de urbanización. Una mala manera de resolverlo era a través del préstamo usurario (Cf. Ez 22,12). De modo que ya para el siglo VIII a C., había una diferenciación social muy marcada. Todo lo contrario al sueño igualitario de los comienzos. Diferencia que se deba entre los grandes propietarios de bienes y tierras vs los grupos de pobres y débiles, los cuales eran los más numerosos. Esta evolución económica aceleró la desmembración de los bienes familiares y la aparición de ricos propietarios cada vez más poderosos. Surge en la sociedad israelita el latifundio y, con él, la explotación de esclavos y de asalariados a los que se les pagaba poco con el afán de acumular a través de ellos.
Destaquemos que buena parte de la prédica de los profetas posteriores al siglo VIII se dirige a la alarmante situación económico social. Ya que, dentro del Pueblo elegido se daba la situación de que había pocos ricos y muchos pobres. En esta situación ven una “vuelta” a Egipto. Con la diferencia de que ahora los aprovechadores no son los extranjeros, sino que se explotan entre ellos mismos.
De este modo, el profeta Isaías pide a las personas que no se cierren ante el prójimo. El “otro” no es para explotar, porque todo semejante es “propia carne” al que hay que querer.
Leamos Isaías 58, 3-7: “En el día mismo que ayunan hacen todo cuanto se les antoja y explotan a todos sus obreros. Ayunan entre pleitos y agarradas, hiriendo con puñetazos a otros sin piedad. No ayunen como hasta hoy día, si quieren que se oigan sus oraciones.
¿El ayuno que yo aprecio consiste acaso en que un hombre mortifique por un día su alma o que incline la cabeza como un junco o se tienda sobre un saco y se tire ceniza?… El ayuno que yo estimo es que deshagas los injustos contratos, que canceles los compromisos que oprimen, que dejes en libertad a los débiles y acabes con todas los avasallamientos. Que compartas tu pan con el hambriento; que a los pobres y a los que no tienen hogar los acojas en tu casa; que vistas al que veas desnudo y no desprecies tu propia carne o tu prójimo”.


Los profetas frecuentemente denunciaron estas actitudes (Cf. Os 8,14; Am 3, 15). Son condenadas con aspereza en la literatura profética la avaricia así como las grandes acumulaciones de bienes, que se vinculaban a ciertas injusticias. Isaías 5,8: “¡Ay de los que adquieren casas y más casas y agregan campos a sus campos hasta no dejar sitio a nadie y quedar como los únicos habitantes!” Miqueas 2,2. “Codician campos y los usurpan con violencia. Invaden las casas, calumnian a los cabezas de familia para apoderarse de su vivienda; y de aquel otro para adueñarse de su hacienda”. La profecía es una clara referencia de que la persona religiosa debe ser justa y solidaria. Ese es su compromiso. Señalan que el Plan de Dios no es la desigualdad injusta ni la exclusión. Escuchar la Palabra de Dios debe llevarnos a ser coherentes en lo social. Pero hay que atreverse. Recuerdo que cuando daba clase en la UCA tuve varios alumnos y alumnas que provenían de familias que explotaban a la gente y encima querían que se los tratasen como si fueran prohombres, padres de la patria o Malala Yousafzai.
Antes de terminar este artículo, tuve que hacer unos trámites por la ciudad de París. Paré a tomar un café en Le Petit Lecurbe, donde el mozo me atendió haciendo una mueca. Bueno, para finalizar e internalizar este tema les dejo una preguntas.
1. ¿Soy justo en mis relaciones económicas con los demás (desde mi familia hasta lo laboral)? 2. ¿Trabajo por una sociedad más inclusiva? ¿Cómo lo demuestro? 3. ¿Sé moderar mi deseo de bienes materiales, sabiendo que los otros también necesitan? 4. En estos tiempos conflictivos en lo social ¿Trato de seguir las inspiraciones de los profetas citados? 5. Enumera cuatro elementos que debiera tener hoy un gobierno exitoso.

[1]  Cf. GALINDO, Ángel. Moral Socioeconómica. Madrid. BAC. 1996. 27-41; VIDAL, Marciano. Moral de Actitudes. Tomo III: Moral Social. Madrid. P. S. 1980. 195-207; CAMACHO, Idelfonso-RINCÓN, Raimundo- HIGUERA, Gonzalo. Praxis Cristiana. Tomo III. Madrid. Paulinas. 1986. 17-54.

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