La Solidaridad.[1]

Extrañados amigos y amigas, en este artículo vamos a investigar una nueva virtud, la solidaridad. La definimos como la voluntad firme y constante de trabajar por el Bien Común. Ahora bien ¿Cómo surgió este concepto? ¿Somos realmente solidarios? ¿La Biblia nos puede ayudar a crecer en solidaridad? Comenzamos…

Las bases filosóficas y teológicas del término.

Las bases filosóficas y teológicas del término. En Francia el uso del término «solidaridad» se extiende a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Augusto Comte (1789-1857) utilizó este concepto con cierta frecuencia. Lo usaba en un sentido muy amplio, especialmente para referirse a la vinculación de una cosa con la otra. De este modo, hablaba de la solidaridad entre la ciencia y el arte o la solidaridad (vinculación) entre la moral y la teología.

También empleó el término «solidaridad» Pierre Leroux (1797-1871). El concepto aparece en su libro La humanidad, escrito en 1840. Con la expresión solidaridad quiere proponer un término que sustituya a la caridad cristiana. La visión negativa que él tiene de la caridad, quizás se debiera a ciertas «caricaturas» que se vivían en su época con respecto a esa noble virtud. Por ejemplo, numerosas personas reducían la caridad a una limosna hacia los más pobres, que no cambiaba el fondo de una sociedad desigual. Esta forma devaluada de caridad no aspiraba ni se comprometía con una reforma política seria.

Desarrollaron extensamente el concepto de «solidaridad» un grupo llamado los solidaristas. Sostenían una doctrina política. Su principal pensador fue León Bourgeois (1851-1925). Aseguraba que el liberalismo económico había traído grandes males, en buena medida, por haber propuesto una sociedad donde lo económico solamente vinculaba a los privados. Tampoco le convencía el socialismo, donde la unidad general es parcial, ya que planteaban la lucha de clase. Aunque parezca que a este hombre «nada le venía bien», es sólo una apariencia. Bourgeois, basándose en los hallazgos de la sociología naciente, resaltaba la concepción de la sociedad como un organismo. Llega así a la noción de interdependencia social. Desde esta idea fundante, propone una actitud que llama «solidaridad». La solidaridad es un principio que sostiene la interdependencia entre los distintos miembros de la sociedad. Esto conlleva una serie de deberes mutuos. La solidaridad permite superar la simple buena voluntad particular. Para ser efectiva, la solidaridad debe ser encauzada a través de una organización planificada. No debe dejarse en manos de un espontáneo y pasajero buen sentimiento.

La teoría social de Emilio Durkheim (1858-1917) se inscribe como prolongación de la doctrina política del solidarismo. En Acerca de la división del trabajo social, Durkheim se muestra favorable a la práctica de la solidaridad. Ella promueve un conjunto de comportamientos que aseguran la cohesión y la continuidad de la acción colectiva de la sociedad. Además, propone una ley evolutiva acerca de la solidaridad. La primer forma de solidaridad es mecánica o por semejanza. Luego se pasa a una solidaridad orgánica o por diferenciación de roles, correspondientes a las sociedades complejas modernas. Para Durkheim la solidaridad orgánica es la más eficiente.

Ahora bien mis camaradas, para que esta reflexión no quede tan francesa, veamos a un famoso filósofo estadounidense Richard Rorty (1931-2007). Este maestro de la ironía, no acepta que existan justificaciones últimas ni verdades totales. Para Rorty no existe otra cosa más allá del tiempo y del azar para establecer una jerarquía de responsabilidades. Estrictamente, no hay una teoría que permita fundamentar que la crueldad es horrible. A pesar de lo dicho, él apoya la existencia de un mundo solidario. ¡Menos mal! Pero el fundamento de la solidaridad está en la imaginación. La solidaridad humana «…no se alcanza por medio de la investigación, sino por medio de la imaginación, por medio de la capacidad imaginativa de ver a los extraños como compañeros en el sufrimiento».[2] Es decir, es mejor proponer una sociedad solidaria y fraterna que mezquina y cruel.

Si retrocedemos un poco en el tiempo, notemos que había escuelas de pensamiento cristiano católicas que venían trabajando, no tanto la palabra, pero sí la noción de solidaridad. La cual implica una serie de acciones benéficas organizadas que repercutan en la vida social. En este grupo podríamos citar, entre varias, a la Escuela de Salamanca y a ciertos pensadores vicencianos. Retomando la teoría tomista de la misericordia, la analizan desde propuestas cercanas al concepto de solidaridad. Así, de la Escuela de Salamanca citamos a Domingo De Soto en su libro Deliberación de la causa de los pobres. Señala que tanto en el trono de Dios como en los estrados de los gobiernos se sientan juntas las virtudes de la justicia y la misericordia.

Y en ambos lugares, la misericordia es la que más resplandece. Esto lleva a proponer acciones solidarias. Desde lo vicentino, cada vez vemos con más claridad que caridad y misericordia van unidas. Las cuales hacen surgir acciones y estructuras de ayuda al pobre de forma permanente y estable. Como vemos, en ambas escuelas, la caridad misericordiosa toca el compromiso social y debe ser organizada. Pasado el tiempo, el pensador cristiano católico alemán Heinrich Pesch (1854-1926) trabajó explícitamente el concepto de solidaridad. Estas ideas tienen buena acogida entre los teólogos polacos, que no todo es chucrut en la vida. Ellos querían alejarse del colectivismo marxista sin caer en el individualismo liberal. Poco a poco estas ideas llegan a Pío XII, siendo Juan Pablo II quien más la trabajó en su pensamiento social. Es decir, un concepto cercano a la caridad social pero que incluye más directamente las búsquedas humanas.

2) Muchos realidades son opinables p. ej. la política partidaria; los gustos y las preferencias Por tanto, no tiene sentido agredir al que tiene otra opción, hasta es ilógico sostenerlo. Por ej. Hay países donde las personas se golpean por pertenecer a un equipo de fútbol diferente. Pero la verdad es que si todo el mundo fuese de un solo equipo, se acabaría el fútbol. «Elemental, mi querido Watson».

3) La verdad es objetiva, pero los seres humanos tenemos sólo una parte de ella. Sumemos que muchas veces nos equivocamos en nuestros juicios o conceptos. Por tanto, las afirmaciones se deben proponer con gran humildad. Sostengo que la verdad es objetiva (aunque mucha gente no lo comparto, lamento desilusionarlos, pero es mi convicción). Ahora bien, el hombre la suele hallar progresiva y evolutivamente. La verdad se «da a luz» lentamente.

Bases Antropológicas.

Nos podemos preguntar: ¿La persona humana es capaz de trabajar por el Bien Común? ¿Somos capaces de ayudar realmente al prójimo? Es cierto que la historia de la humanidad está tan llena de gestos solidarios como insolidarios. Las producciones del ser humano nos admiran y nos aterran. Nadie discute que multitud de personas llevan una vida insolidaria o poco solidaria. También es cierto que admiramos a muchísimas personas que desarrollan con perseverancia obras solidarias. ¿Qué sería lo más frecuente? Creo que lo más común es encontrar seres humanos que desarrollan su vida entre algunos gestos solidarios mezclados con pequeñas mezquindades. Y quien no quiera creerlo, que vaya a verlo.

Desde esta realidad, creemos que pedirle a los hombres y a las mujeres que sean solidarios, es posible y plenifica su capacidad relacional. Incluso, el juicio de la historia termina siendo elogioso hacia aquellas personas que se han destacado por su solidaridad. Es decir, la humanidad reconoce lo mejor de sí, en las personas solidarias.

Desde lo humano, la solidaridad se vincula al sentido de fraternidad. Nuestra estructura biológica nos determina como primates gregarios, donde la cohesión es necesaria para la supervivencia. Es cierto, que la convivencia en seres racionales y libres implica búsquedas muy amplias: sociales, económicas, religiosas, políticas, afectivas, culturales, etc. A veces, algunas de ellas entran en conflicto con otras. Ahora bien, la tendencia hacia la solidaridad se fortifica en cuanto hay elementos culturales y educativos que la refuercen. No es tan espontánea. La historia demuestra que los hombres van creando estructuras e instituciones que les permiten dar a los indigentes las ayudas pertinentes. Es decir, generalmente los países evolucionan al resolver los problemas de sus miembros más vulnerables: ancianos, niños, enfermos, desempleados, etc. Este es un dato histórico fuerte, aunque se debe reconocer que estos avances no son lineales, ni mucho menos. Hay retrocesos y degradaciones. Por ejemplo: Con frecuencia, la gestión a favor de los ciudadanos en riesgo deja mucho que desear. Asimismo, es común encontrar sectores de la población que abusan de los subsidios y desearían ser mantenidos «for ever and ever».

Más allá de todas nuestras contradicciones, señalemos que la solidaridad surge cuando el ser humano es capaz de descubrir la «asimetría» de las relaciones humanas y busca transformar en parte o totalmente estas desigualdades.

La solidaridad busca el bien de todos los sujetos humanos, particularmente, de aquellos que más sufren. Sobre esta base antropológica, se construye la ética de la solidaridad. Es evidente que hay situaciones humanas que potencian la desigualdad entre las personas (enfermedad, accidentes, minusvalías, ancianidad, etc.); entre grupos y naciones (fraudes, explotación, opresión, usurpaciones, etc.).

La ética de la solidaridad trata de introducir el bien moral en estas condiciones asimétricas, buscando una cierta igualdad. Es decir, mueve al prójimo, individuo o grupo, para ayudar a esa parte de la humanidad que está en desventaja.

Vienen a mi memoria dos ejemplos sobre este tema. Uno bueno: El sacerdote lazarista Bernardo Landaburu. Era el párroco de la Basílica de Luján cuando hice mi Primera Comunión. Era un hombre culto y equilibrado. Que trataba de un modo equitativo a la diversidad de personas que asistían al Santuario. Y siempre muy respetuoso hacia el pobre. Uno ejemplo negativo: recuerdo cuando tenía 9 años en Luján, regresábamos de clase del colegio de Hermanos Maristas. Cruzábamos la plaza Belgrano y una sorpresiva y violenta tormenta nos estaba mojando terriblemente. Éramos tres chicos. Llega en coche el papá de uno, era la familia con más dinero de mi curso. Hizo subir a su hijo y nos dejó a nosotros dos en medio de la tormenta.

BASES BÍBLICAS.

Aunque en la Biblia no exista el término «solidaridad», encontramos realidades afines, como son la búsqueda de la justicia junto al ejercicio de la misericordia. Las enseñanzas bíblicas invitan a ayudar al prójimo, máxime si aparece débil y desamparado. Estamos llamados a ayudar a la persona necesitada. En el Antiguo Testamento, la ayuda mutua se verifica ante todo en el ámbito del «pueblo elegido», aunque paulatinamente se va abriendo a un amor que abarca al extranjero.

En el AT se pide ayudar al prójimo que precisa y no abusar del prójimo que esté en necesidad (Cf. Ex. 22,20-26; Lev. 19, 13-18; 32-33). Debemos acercarnos y ayudar al desechado, al necesitado, al lejano. El «otro», que vive en el dolor y la ignorancia debe ser liberado, esta es una clave interpretativa de la historia de la salvación. Dios se manifiesta en la reivindicación del oprimido.

En el Nuevo Testamento, con Jesús el amor llega a la más plena universalidad, teniéndose particular solicitud por el hermano en dificultad. El Reino de Dios irrumpe mediante la salvación del pobre y Cristo se hace presente en el necesitado. Jesucristo aparece como el ejemplo de actitud solidaria. Con su acto libre de entrega a los demás de manera definitiva, se convierte en el hermano de todos, el hermano universal. Al mismo tiempo, al hacernos hijos de Dios por adopción, nos da una vocación de fraternidad global. Hay una lógica del amor cristiano de la que es garante el Espíritu Santo: para llamar a Dios Padre, debo tratar a los demás seres humanos como hermanos y hermanas (Cf. 1Jn 4,20).

La opción preferencial de Jesús hacia los pobres, se convierte para los hombres y mujeres de buena voluntad en criterio de acción ética. Esta es una motivación suficiente para una existencia solidaria. El creyente tendrá compasión afectiva y efectiva, en relación con los menos favorecidos.

Del significado bíblico-teológico expuesto es fácil deducir la función de la ética cristiana: el amor se convierte en una categoría moral de primer orden para mejorar la vida de los miembros sufrientes de la sociedad. La solidaridad es una exigencia de la caridad. La solidaridad se construye sobre estas bases:

1) La comunión basada en la fraternidad universal y en la filiación divina.

2) La toma de posición a favor de los marginados. Esta «toma de partido», permiten poner en práctica la comunión. Esta opción radical a favor del pobre, nos llevará casi siempre a discusiones con sectores cristianos conservadores o partidarios de un liberalismo extremo que les molesta la solidaridad, ya que pone al descubierto su propia codicia. Habría que recordar entonces que Jesús no avala a quien «dice» pero «no hace» (Cf. Mt 7, 21-23). Un cristianismo sin una clara opción por los más débiles no es real ni universal. No se puede caer en una «generalidad» que ama sin implicarse o que no se involucra en las injusticias sociales. Dicho nuevamente, la comunión llama a tomar partido, ya que comunión con ausencia de praxis, es solo declamación.

Jesucristo, manifiesta que el Reino concierne a los pobres y esto conlleva la transformación de la condición de pobreza en vida digna. Las relaciones de solidaridad deben tomar partido por los pobres, por la transformación de su condición de penuria. La verdadera solidaridad, para no degenerar en paternalismo, debe buscar la solución de los problemas con ellos, no sin ellos. El pobre debe ser protagonista de su vida y su lucha. Asimismo, el que ayuda al pobre, debe transformarse, madurar, modificar actitudes, crecer. Modificando su corazón para permitir realmente la inclusión social, haciendo que el desamparado, llegue a ser, con el tiempo, un persona que puede llegar a su mismo nivel económico y social, o más.

Jesús nos enseña la ternura de un Dios cuyo amor es siempre particular y que opta por los pobres: los ciegos, los paralíticos, los leprosos, los sordos y los sin recursos (Cf. Lc 4,16-21). De un Dios que llega incluso a manifestar su presencia allí donde los pobres son evangelizados y promovidos (Cf. Mt 11, 5).

Antes de ir a regar las plantas de mi ventana, les dejo algunas preguntas por si quieren hacer una pequeña meditación. ¿Cuáles son mis actitudes solidarias? ¿Cómo puedo ser más solidario? ¿Los grupos a los que pertenezco llevan a cabo acciones solidarias? ¿Cuáles?

[1] Cf. VIDAL, Marciano. «Ética de la solidaridad» Moralia 55-56 (1992) 347-362; BRAUN, Rafael. «La solidaridad en la sociedad libre» Criterio 2205/6 (1997) 568-572; CARRAUD, V. «Solidarité ou les tradictions de l’idéologie» Communio 14 (1989) 195-198; PARENT, Remi. «Teología de la praxis de solidaridad» Moralia 55-56 (1992) 321-346; NITSCH, Th. «Social Catholicism: Birth and Tradition of Solidarism» Internacional Journal of Social Economics 15/9 (1988) 3-38; VIDAL, M. «La solidaridad: nueva frontera de la teología moral» Studia Moralia 23 (1985) 99-126; MACCISE, C. «Solidaridad», en Nuevo Diccionario de Espiritualidad. Madrid. 1983. 1329-1377.

[2] RORTY, R. Contingencia, ironía y solidaridad. Barcelona. 1991. 18.

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